Al Padre y a Jesús se les llama el Alfa y Omega en Apoc. 1:7 y 18. Dios, el Señor, debe ser el todo para ti y para mí. Nuestra confianza, nuestra esperanza y nuestra meta. Venimos de Dios, vamos a Dios, y nunca estaremos tranquilos hasta que no lleguemos a Dios.